La vida de Pi

Encontré a Diós en medio del océano
(Ang Lee, 2012)
Una vez más ha tenido que venir Ang Lee para demostrar cómo se hacen las cosas. “La vida de Pi” es una aventura dramática, espiritual pero, sobre todo, visual. No es perfecta, todo hay que decirlo. La historia puede llegar a hacerse algo pesada al no ver una evolución clara de la historia sino un “ir pasando cosas” (algo así como sucedía en “Náufrago” de Zemeckis que, aún así, es una película maravillosa).
La película es tremendamente fiel tanto en el tono como en la historia a la novela de Yann Martel. Una história fantástica, casi una fábula sobre la supervivencia, que tiene más fondo de lo que parece. “La vida de Pi” es una de esas películas que requiere verse dos veces para captar todos los matices que están sembrados en su narración.

Su comienzo es muy al estilo “Amelie”, presentando a nuestro protagonista, un ingenuo, afable, encantador, inocente, chaval llamado Pi. Un derroche de bondad y amor a la naturaleza que es incapaz de entender por qué la gente se escandaliza cuando decide ser hindú, cristiano y musulmán a la vez. Lo que para los demás es una contradicción para él es una manera natural de amar a Dios.
Y aquí entramos en la parte que menos gustará a parte de la audiencia. Su marcado mensaje religioso. El protagonista es un devoto creyente. Ve a Diós en todas las cosas, sobre todo en la Naturaleza. Y la historia de su naufragio se concibe como una manera de entender la religión y la concepción de Diós (ahí están todos los matices que comentaba antes). El mensaje es claro: no podemos tomarnos el mensaje al pie de la letra; es una manera de ayudarnos a vivir. Que la gente no se asuste, “La vida de Pi” (ni la novela ni la película) es un panfleto religioso. De hecho, es un alegato por la tolerancia, sea cual sea tu creencia o si no tienes ninguna fe religiosa. Pi recurre a tres religiones porque cada una de ellas le enseña algo diferente y juntas le llevan a sentir la vida con más intensidad.

Su larguísimo segundo acto es el naufragio a bordo de un bote salvavidas en compañía de un tigre de Bengala llamado Richard Parker. Lo que comienza como una pesadilla y un reto para mantenerse vivo sin acabar devorado por un animal, se convierte, poco a poco, en una relación de dependencia mutua. Pi se aferra a Richard Parker, una figura salvaje e instintiva, para sobrevivir en mitad del oceano. Igual que en la novela, este proceso se nos cuenta capítulo a capítulo, detalle a detalle, y se acaba haciendo lento y cansino. Aunque no se puede negar que incluye grandes momentos de tensión, otros de comedia y otros de una emotividad conmovedora (Ang Lee a los mandos, señores).

El punto fuerte, la piedra angular, lo que convierte “La vida de Pi” en un espectáculo impresionante, es su apartado visual. No sólo en el uso de unos colores de una intensidad pasmosa, una fotografía trabajadísima haciendo uso de los reflejos del agua, de la luz, la oscuridad y los brillos. Es el uso del 3D lo que marca la diferencia. “La vida de Pi” es, quizás, la única película que realmente merece la pena ver con esas malditas gafas. Ha tenido que venir un director como Ang Lee para demostrar que el nuevo formato realmente puede aportar algo a una historia, darle un valor añadido. Sin duda, es la película que mejor uso hace del formato 3D (ahora retroceder la líneas, leed la parte de “reflejos del agua” y imaginadlo en 3D… ¡Exacto! ¡A-LU-CI-NAN-TE!).

A esto hay que sumar secuencias poderosísimas marca Ang Lee, destacando la tormenta y hundimiento del buque que hace naufragar a nuestro protagonista. Una gran secuencia, con un uso portentoso del sonido, la cámara nadando a nuestro lado… Nos introduce de lleno en la acción.

Y, todavía hay que sumar un AWESOME más al apartado visual. Y ahí la estrella va para el departamento de CGI que ha diseñado unos animales hiperrealistas fruto de un trabajo de observación y digitalización complicadísimo. Es difícil identificar cuándo es la imagen real de un tigre y cuándo es su versión CGI.

En resumen: Ante todo un experiencia visual IMPRESIONANTE. Fundamental verla en 3D. Después, y según los ánimos y sensibilidades de cada uno, encontrará una historia fascinante en ocasiones, aburrida en otros, y emotiva. Si no te da repelús el marcado mensaje religioso, “La vida de Pi” es una gran película, una gran aventura, con más fondo del que se percibe a primera vista.